RESTOS DE SUBURBIOS EN LA MESA
La racionalidad a toda costa......
El hombre que veía.
Una mañana, mientras esperaba el colectivo en la esquina de Corrientes y Medrano, Julián descubrió que podía ver lo que las personas escondían.
No eran pensamientos completos ni voces dentro de su cabeza. Eran pequeñas grietas.
Cuando alguien sonreía, él percibía la tristeza que sostenía aquella sonrisa. Cuando una pareja se abrazaba, veía cuál de los dos ya estaba pensando en irse. En los apretones de manos encontraba rivalidades; en los elogios, envidia; detrás de ciertas muestras de indiferencia, un amor desesperado.
Al principio creyó que se trataba de una virtud.
En la oficina empezó a anticiparse a los conflictos. Sabía quién estaba por renunciar, quién mentía en las reuniones y quién asentía solamente para conservar su puesto. Sus compañeros comenzaron a consultarlo antes de tomar decisiones.
—Vos ves cosas que nosotros no vemos —le decían.
Durante un tiempo, aquella frase lo hizo sentir especial.
Después comenzaron a evitarlo.
Nadie quería almorzar frente a un hombre capaz de descubrir que una anécdota era falsa antes de que llegara al final. Nadie podía contarle que estaba bien sin sentir que estaba siendo examinado. Cuando Julián entraba en la cocina, las conversaciones se interrumpían y alguien encontraba una razón urgente para regresar a su escritorio.
También perdió amigos.
En las cenas percibía quién escuchaba por cariño y quién esperaba solamente su turno para hablar. Descubrió que muchos afectos sobrevivían gracias a una delicada combinación de costumbre, conveniencia y recuerdos corregidos por el tiempo.
Dejó de discutir. Eso fue todavía peor.
Las personas podían perdonarle que las contradijera, pero no soportaban que las comprendiera.
Una noche conoció a Clara en un bar de San Telmo. Ella tenía una manera lenta de beber el vino y una tristeza que no intentaba disimular. Julián vio inmediatamente sus miedos, sus huidas anteriores y la puerta invisible que mantenía siempre abierta por si tenía que escapar.
Pero también vio algo que no encontraba desde hacía mucho tiempo: un deseo verdadero de quedarse.
Se enamoraron.
Durante algunos meses, Julián aprendió a descansar. Clara no le pedía que cerrara los ojos; solamente le pedía que no interpretara cada silencio.
—Hay silencios que no esconden nada —le decía—. A veces una persona simplemente está cansada.
Él quería creerle.
Pero una madrugada la sintió alejarse unos centímetros en la cama. Fue un movimiento mínimo, quizá involuntario. Sin embargo, Julián vio en esa distancia todas las despedidas posibles.
Desde entonces comenzó a observarla.
Miraba cuánto tardaba en responderle, la dirección de sus ojos cuando hablaban del futuro, la forma en que dejaba el teléfono boca abajo sobre la mesa. Cada gesto se convertía en una prueba y cada prueba conducía a una sospecha nueva.
Clara intentó explicarle que todavía lo amaba.
Julián vio que decía la verdad.
También vio que estaba cansada.
Quiso preguntarle qué sentimiento era el verdadero, pero comprendió que ambos lo eran.
Una tarde, Clara hizo una valija pequeña.
—No me voy porque hayas visto algo malo en mí —le dijo desde la puerta—. Me voy porque, cuando me mirás, siento que ya no hay lugar para que me suceda nada nuevo.
Julián no intentó detenerla. Vio que una parte de ella esperaba que lo hiciera y que otra necesitaba desesperadamente que no.
Por primera vez, no supo a cuál obedecer.
Después de su partida caminó durante horas. Buenos Aires estaba cubierta por una llovizna fina que volvía imprecisos los edificios. En los bares, detrás de los vidrios empañados, la gente conversaba, se mentía, se amaba como podía.
Julián comprendió entonces que no lo habían expulsado de ningún lugar.
Había sido él quien, empeñado en descubrir la verdad completa de cada vínculo, había dejado de entrar en ellos.
Porque para pertenecer no siempre hacía falta cerrar los ojos.
A veces alcanzaba con aceptar que ninguna persona podía ser vista por completo en un solo instante.
A la mañana siguiente volvió al bar donde había conocido a Clara. Se sentó junto a la ventana y pidió dos cafés por costumbre. Cuando el mozo dejó las tazas sobre la mesa, Julián observó el asiento vacío que tenía enfrente.
Vio la ausencia.
Vio el daño.
Vio también, muy al fondo, algo que todavía no sabía nombrar.
Esta vez decidió no examinarlo.
Se quedó allí, mirando cómo la ciudad despertaba detrás del vidrio, y permitió que el misterio permaneciera intacto.
El vino
Ella se sentó en el borde de la mesa sin decir nada. Llevaba una remera negra demasiado corta para ser inocente y demasiado ajustada para que él pudiera fingir que no miraba.
Entre los dos quedó una copa de vino.
—¿Vas a tomar o vas a seguir mirando? —preguntó ella.
Él levantó la copa despacio, pero antes de beber recorrió con los ojos la línea de sus piernas, la curva de sus caderas, la piel desnuda que comenzaba exactamente donde terminaba la tela.
—Estoy eligiendo qué quiero probar primero.
Ella sonrió.
No hizo falta aclarar nada.
Tomó la copa de su mano, bebió un sorbo y dejó una pequeña marca roja en el cristal. Después se inclinó hacia adelante, apenas lo suficiente para que él pudiera sentir su perfume.
—Hay cosas que mejoran cuando uno sabe esperar.
Él apoyó las manos a cada lado de su cuerpo, sobre la mesa. Todavía sin tocarla.
Ese centímetro de distancia empezó a ser insoportable.
Ella separó ligeramente las piernas.
—¿Y vos sabés?
—No.
La respuesta le arrancó una risa baja.
Entonces tomó una de sus manos y la llevó hasta su muslo. Primero sobre la rodilla. Después un poco más arriba.
Muy despacio.
—Aprendé.
La piel estaba tibia.
Él avanzó con los dedos por la cara interna de su pierna, disfrutando de cómo ella dejaba de sonreír para respirar un poco más profundo. Cuando llegó al borde de la remera, se detuvo.
Ella lo miró.
—Ahora no te hagas el educado.
La atrajo hacia él.
El primer beso tuvo gusto a vino.
El segundo ya no tuvo paciencia.
Ella le rodeó la cintura con las piernas y lo acercó hasta que entre los dos dejó de entrar incluso el aire. Sus manos bajaron por su espalda mientras él descubría con la boca su cuello, su hombro, el espacio donde la tela negra todavía escondía demasiado.
La copa quedó olvidada.
A punto de caer.
Como ellos.
Ella le susurró algo al oído que hizo que él sonriera.
—Eso no estaba en las reglas.
—Esta noche no hay reglas.
Y cuando la copa finalmente se volcó sobre la mesa, ninguno de los dos hizo el menor intento por salvar el vino.
Pasó tiempo.
Tiempo suficiente como para que algunas cosas cambiaran de lugar y otras, curiosamente, siguieran exactamente donde estaban.
Uno cree que deja atrás ciertos suburbios, ciertas mesas, ciertas conversaciones. Después descubre que no. Que quedan restos.
Una frase escuchada al pasar. Una calle conocida. El olor de una casa. Una camisa recién lavada. Una ausencia. Una mujer. Un hijo que creció mientras uno estaba ocupado intentando entender otras cosas. Un domingo cualquiera mirando el río.
Durante mucho tiempo pensé que para escribir había que tener algo importante para decir.
Ahora sospecho lo contrario.
Quizás alcanza con mirar un poco mejor.
A esta altura de la vida ya no me interesa demasiado escribir conclusiones. Me interesan más las preguntas. Las contradicciones. Las pequeñas escenas que uno se lleva puestas sin darse cuenta.
También aprendí que casi nada se rompe de una sola vez.
Y que algunas cosas tampoco se reconstruyen de una sola vez.
Se reconstruyen en gestos mínimos.
En una conversación que esta vez no termina a los gritos. En aprender a callarse cuando antes uno hubiera discutido. En volver a sentarse a una mesa. En preguntar cómo estuvo tu día y escuchar realmente la respuesta.
Tal vez este blog vuelva a ser eso.
Un lugar para dejar algunas cosas sobre la mesa.
Sin demasiado orden.
Restos de suburbios. Restos de personas. Restos de quien fui.
Y también, espero, algo de quien estoy aprendiendo a ser
Pelar duraznos
La tormenta todavía no había llegado, pero el río ya la anunciaba.
La casa prestada tenía una cocina enorme, antigua, con baldosas frías y dos ventanas abiertas hacia un jardín que terminaba prácticamente en el agua. Habían cenado tarde. Quedaban una botella a medias, dos platos sin levantar y el olor del ajo, del vino y de las hojas mojadas que empezaba a traer el viento.
Hacía meses que entre ellos el deseo aparecía apenas como un recuerdo.
Se querían. Eso nunca había sido el problema.
Pero el cuerpo se había vuelto prudente.
Esa noche ella estaba apoyada contra la mesada cortando un durazno. Lo hacía con los dedos porque ya había guardado el cuchillo.
Él la miró llevarse un pedazo a la boca.
—¿Qué?
—Nada.
—Mentís pésimo.
Él se acercó y tomó otro trozo del plato.
—Está demasiado maduro.
—Por eso está rico.
Ella tenía jugo en un dedo y se lo llevó a los labios.
Fue una estupidez.
Un gesto mínimo.
Pero algo ocurrió.
Quizás porque hacía calor. Quizás por el vino. Quizás porque durante demasiado tiempo habían intentado comprender con palabras algo que pertenecía a otra parte.
Él se acercó.
Esta vez ella no retrocedió.
Se besaron.
Al principio con aquella educación absurda que tienen dos personas que alguna vez conocieron cada rincón del otro y ahora temen equivocarse.
Después apareció la saliva.
El beso se volvió húmedo, imperfecto.
Ella respiró contra su boca y él reconoció nuevamente su aroma: no el perfume que había usado durante la cena, sino otro, más íntimo. Piel caliente. Cabello. Transpiración mínima. Ese olor natural e irrepetible que durante años había significado casa.
La besó debajo de la oreja.
Ella cerró los ojos.
—Eso es trampa.
—¿Qué cosa?
—Te acordás.
Claro que se acordaba.
La memoria del cuerpo había permanecido intacta mientras ellos discutían sobre cansancio, libido, horarios y desencuentros.
Afuera empezó a llover.
Adentro apareció otra humedad.
No necesitaban nombrarla.
Ella tomó su cara entre las manos y volvió a besarlo. Había deseo en su manera de respirar, en la piel erizada de los brazos, en el modo en que acercaba el cuerpo y después se alejaba apenas para mirarlo.
Él sintió algo que hacía demasiado tiempo no sentía.
No solamente excitación.
La alegría de excitarse con ella.
—Te estoy deseando —dijo.
Ella bajó los ojos un instante.
Cuando volvió a mirarlo había algo diferente.
—Yo también.
La frase quedó entre los dos como una confesión.
El viento golpeó una ventana.
Ninguno se movió para cerrarla.
Él deslizó lentamente una mano por su espalda. Ella volvió a buscar su boca y lo besó con hambre, mezclando saliva, respiración y esa intimidad animal que no necesita elegancia.
Durante unos segundos dejaron de ser una pareja intentando arreglar algo.
Fueron simplemente un hombre y una mujer deseándose.
Ella separó la boca apenas.
—Qué raro.
—¿Qué?
—Haberte extrañado estando al lado tuyo.
Él no contestó.
La abrazó.
Y durante unos segundos ocurrió algo todavía más íntimo que el deseo: permanecieron quietos, sintiendo el olor del otro, la respiración todavía agitada, la humedad de los labios.
Después ella sonrió.
—No te entusiasmes tanto.
—Llegaste varios minutos tarde con esa recomendación.
Se rió contra su cuello.
Y aquella risa fue quizá lo más erótico de la noche.
Porque no estaban recuperando una performance ni tratando de demostrar que seguían siendo los mismos.
No lo eran.
Afuera llovía sobre el río.
Adentro quedaban el vino, el durazno abierto, dos cuerpos calientes y una certeza pequeña pero suficiente:
el deseo no había muerto.
Había estado esperando.
Y esa noche, finalmente, había vuelto a encontrarlos.
Belleza
¡La belleza es cosa terrible y espantosa!
Es terrible debido a que jamás podremos
comprenderla, ya que Dios sólo interrogantes nos plantea.
En el seno de la belleza, las dos riberas se juntan y todas las contradicciones coinciden.
No soy hombre culto, hermano, pero he pensado mucho en este asunto. ¡Ciertamente, los
misterios son infinitos! Son demasiadas las interrogaciones que aplastan al
hombre contra la tierra. Forjamos las hipótesis que podemos, sin jamás llegar a
certeza alguna. No puedo siquiera soportar el pensamiento del hombre de
corazón noble y mente pura que comienza con el ideal de la Santa Virgen y
termina con el ideal de Sodoma. Es más espantoso todavía que el hombre con el
ideal de Sodoma en su alma no renuncie al ideal de la Santa Virgen, y que, en el
fondo de su corazón, todavía arda, arda sinceramente, en deseos de alcanzar el
bello ideal, lo mismo que en sus días de juvenil inocencia. Sí, el corazón del
hombre es vasto, excesivamente vasto quizá. Lo preferiría más angosto. ¡El diablo
conoce muy bien el corazón humano! Y así vemos que aquello que el intelecto
considera vergonzoso, a menudo le parece de espléndida belleza al corazón.
¿Hay belleza en Sodoma? Creedme, muchos son los hombres que encuentran su
belleza en Sodoma. ¿Sabíais este secreto? Lo más horroroso es que la belleza no
sólo es aterradora, sino también misteriosa. Dios y el Diablo luchan en ella, y su
campo de batalla es el corazón del hombre. Pero el corazón del hombre sólo de su
dolor quiere hablar. Escuchad, que os contaré lo que dice...
DOSTOIEVSKY (Los hermanos Karamnzov)
Oriental y Especiado !
El aroma estaba en el pañuelo de seda.
No recordaba cuánto tiempo llevaba guardado ahí. Lo encontré mientras buscaba otra cosa, doblado al fondo de un cajón.
Lo sostuve entre los dedos y lo acerqué a la cara.
Oriental y especiado.
Ahí estaba.
Respiré profundamente.
Fue inmediato.
Mi piel reaccionó antes que mi memoria.
Ese aroma me recordó el tacto de mis dedos en tu cuello. La suavidad del vello bajo las yemas. El tono de tu piel. Esa fragancia que había quedado grabada en mis fosas nasales y que ahora volvía, intacta.
Respiré otra vez.
Noté que mi piel estaba diferente. Los poros parecieron abrirse todos al mismo tiempo, atentos, expectantes. También redescubrí esa sensación que, por algún motivo, había perdido sin siquiera percatarme de ello.
¿Cuándo había ocurrido?
No recordaba el momento exacto en que mi cuerpo había dejado de responder así. Tal vez esas cosas no suceden de golpe. Tal vez uno se va apagando lentamente, sin advertirlo.
Con cierto pudor recordé aquella tarde que se transformó en noche y terminó por encontrarnos sin ropa en el balcón de tu casa.
Lo extraño fue que no recordé primero nuestros cuerpos.
Recordé el aire.
La frescura de aquella noche sobre la piel desnuda. El murmullo lejano de los autos. Alguna ventana encendida en el edificio de enfrente. Tu cercanía. Tu aroma mezclándose con el aire.
Mis manos interrogando tu cuerpo.
Abrí los ojos.
El pañuelo seguía entre mis manos.
Durante años había permanecido doblado en el fondo de un cajón, guardando algo que yo ni siquiera sabía que había perdido.
Me lo llevé al cuello.
La seda volvió a rozarme la piel.
No sabía cuándo me había apagado.
Pero supe, exactamente en ese instante, que estaba volviendo
LUNA AMARGA
Muchos hablan del amor como de algo inefable, difícil de expresar con
palabras; otros discurren de las penas del corazón, pero pocos han sabido
explorar las regiones del deseo con el cinismo y la refinada crueldad que
distingue la prosa de Pascal Bruckner.
En un esfuerzo del cuerpo y de la mente que aturde y a la vez fascina, el
autor obliga a los cuatro protagonistas de Luna amarga a abdicar de su
voluntad para rendir tributo al siniestro encanto de un ejercicio erótico
falsamente infinito, engañosamente placentero.
Subyugados por el poder de la palabra, los héroes de Luna amarga se
convierten y nos convierten en voyeurs privilegiados de una historia de
refinada perversión.
Roman Polanski en 1992 la llevó al cine con el nombre de Lunas de hiel
(Lunes de fiel), protagonizada por: Peter Coyote, Emmanuelle Seigner,
Hugh Grant y Kristin Scott Thomas.
Mario B.
“Me voy porque me he dado cuenta de que no puedes darme lo que necesito; y sería violento para ti exigirte que cumplas mis expectativas. Pero también sería violento para mí quedarme en un lugar en donde no recibo lo que necesito”
Los finales infelices y las segundas oportunidades
Terry Real suele ser muy claro.
Posiblemente les diría a ambos:
"Dejen de intentar tener razón y empiecen a intentar comprender."
Y agregaría algo para vos:
"El amor no se demuestra solamente con intensidad. También se demuestra regulando la propia ansiedad para que el otro pueda sentirse seguro."
Trastos
La tapa del baúl cedió con un quejido seco, como si hubiera esperado décadas para volver a abrirse. El aire encerrado escapó lentamente, impregnando la habitación con un olor a madera antigua, papeles amarillentos y telas que habían aprendido a guardar silencio.
La luz de la tarde se filtraba por la ventana y caía sobre el polvo suspendido, que parecía flotar con la calma de un tiempo detenido.
Dentro había un reloj de bolsillo de plata, detenido quién sabe en qué hora, una medalla gastada por los años, un pañuelo bordado con iniciales casi borradas y un pequeño manojo de cartas atadas con una cinta azul ya descolorida.
Debajo de todo, una fotografía en blanco y negro mostraba a un joven de uniforme junto a un tren, con una valija a sus pies y la mirada perdida en un horizonte que ya no existía.
Sentí un extraño asombro. No era solo curiosidad. Era la sensación de estar entrando en una vida que creía conocer y que, de pronto, se volvía ajena e inmensa.
Tomé la primera carta con cuidado. El papel era frágil y la tinta se había desvanecido en algunos renglones. Estaba dirigida a mi bisabuela, escrita pocos días antes de partir hacia la guerra. Entre las líneas no había heroísmo ni grandes discursos. Solo el miedo de un hombre joven, la esperanza de volver y la promesa de reencontrarse con quienes amaba.
Más abajo apareció otra carta. Esta nunca había sido enviada.
Estaba dirigida a un amigo. En ella hablaba de culpa, del frío, de noches interminables y del peso de sobrevivir mientras otros no lo habían logrado.
Seguí buscando.
En el fondo encontré un último sobre, mucho más pequeño que los demás. No tenía estampilla ni dirección. Solamente un nombre escrito a mano.
Lo abrí.
Adentro había unas pocas líneas. Eran una despedida. Mi bisabuelo le escribía a una mujer antes de partir. Le pedía perdón por no haber tenido el valor de despedirse personalmente. Le decía que probablemente nunca volverían a verse y que, aunque la vida los llevara por caminos diferentes, jamás olvidaría aquella tarde junto al río.
No era el nombre de mi bisabuela.
Volví a leerlo.
Después miré la fotografía del joven junto al tren. Por primera vez ya no vi a mi bisabuelo. Vi a un hombre. Un hombre que había tenido miedo, que había amado, que había perdido amigos y que había guardado durante toda su vida una despedida que nadie debía encontrar.
El reloj seguía inmóvil entre mis manos, pero comprendí que el tiempo nunca se había detenido.
Había permanecido escondido dentro de ese baúl, esperando a que alguien lo escuchara.
Cerré la caja con la misma lentitud con la que la había abierto.
El cuarto seguía siendo el mismo.
Yo, no.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)









