Pelar duraznos

La tormenta todavía no había llegado, pero el río ya la anunciaba. La casa prestada tenía una cocina enorme, antigua, con baldosas frías y dos ventanas abiertas hacia un jardín que terminaba prácticamente en el agua. Habían cenado tarde. Quedaban una botella a medias, dos platos sin levantar y el olor del ajo, del vino y de las hojas mojadas que empezaba a traer el viento. Hacía meses que entre ellos el deseo aparecía apenas como un recuerdo. Se querían. Eso nunca había sido el problema. Pero el cuerpo se había vuelto prudente. Esa noche ella estaba apoyada contra la mesada cortando un durazno. Lo hacía con los dedos porque ya había guardado el cuchillo. Él la miró llevarse un pedazo a la boca. —¿Qué? —Nada. —Mentís pésimo. Él se acercó y tomó otro trozo del plato. —Está demasiado maduro. —Por eso está rico. Ella tenía jugo en un dedo y se lo llevó a los labios. Fue una estupidez. Un gesto mínimo. Pero algo ocurrió. Quizás porque hacía calor. Quizás por el vino. Quizás porque durante demasiado tiempo habían intentado comprender con palabras algo que pertenecía a otra parte. Él se acercó. Esta vez ella no retrocedió. Se besaron. Al principio con aquella educación absurda que tienen dos personas que alguna vez conocieron cada rincón del otro y ahora temen equivocarse. Después apareció la saliva. El beso se volvió húmedo, imperfecto. Ella respiró contra su boca y él reconoció nuevamente su aroma: no el perfume que había usado durante la cena, sino otro, más íntimo. Piel caliente. Cabello. Transpiración mínima. Ese olor natural e irrepetible que durante años había significado casa. La besó debajo de la oreja. Ella cerró los ojos. —Eso es trampa. —¿Qué cosa? —Te acordás. Claro que se acordaba. La memoria del cuerpo había permanecido intacta mientras ellos discutían sobre cansancio, libido, horarios y desencuentros. Afuera empezó a llover. Adentro apareció otra humedad. No necesitaban nombrarla. Ella tomó su cara entre las manos y volvió a besarlo. Había deseo en su manera de respirar, en la piel erizada de los brazos, en el modo en que acercaba el cuerpo y después se alejaba apenas para mirarlo. Él sintió algo que hacía demasiado tiempo no sentía. No solamente excitación. La alegría de excitarse con ella. —Te estoy deseando —dijo. Ella bajó los ojos un instante. Cuando volvió a mirarlo había algo diferente. —Yo también. La frase quedó entre los dos como una confesión. El viento golpeó una ventana. Ninguno se movió para cerrarla. Él deslizó lentamente una mano por su espalda. Ella volvió a buscar su boca y lo besó con hambre, mezclando saliva, respiración y esa intimidad animal que no necesita elegancia. Durante unos segundos dejaron de ser una pareja intentando arreglar algo. Fueron simplemente un hombre y una mujer deseándose. Ella separó la boca apenas. —Qué raro. —¿Qué? —Haberte extrañado estando al lado tuyo. Él no contestó. La abrazó. Y durante unos segundos ocurrió algo todavía más íntimo que el deseo: permanecieron quietos, sintiendo el olor del otro, la respiración todavía agitada, la humedad de los labios. Después ella sonrió. —No te entusiasmes tanto. —Llegaste varios minutos tarde con esa recomendación. Se rió contra su cuello. Y aquella risa fue quizá lo más erótico de la noche. Porque no estaban recuperando una performance ni tratando de demostrar que seguían siendo los mismos. No lo eran. Afuera llovía sobre el río. Adentro quedaban el vino, el durazno abierto, dos cuerpos calientes y una certeza pequeña pero suficiente: el deseo no había muerto. Había estado esperando. Y esa noche, finalmente, había vuelto a encontrarlos.

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