El vino

Ella se sentó en el borde de la mesa sin decir nada. Llevaba una remera negra demasiado corta para ser inocente y demasiado ajustada para que él pudiera fingir que no miraba. Entre los dos quedó una copa de vino. —¿Vas a tomar o vas a seguir mirando? —preguntó ella. Él levantó la copa despacio, pero antes de beber recorrió con los ojos la línea de sus piernas, la curva de sus caderas, la piel desnuda que comenzaba exactamente donde terminaba la tela. —Estoy eligiendo qué quiero probar primero. Ella sonrió. No hizo falta aclarar nada. Tomó la copa de su mano, bebió un sorbo y dejó una pequeña marca roja en el cristal. Después se inclinó hacia adelante, apenas lo suficiente para que él pudiera sentir su perfume. —Hay cosas que mejoran cuando uno sabe esperar. Él apoyó las manos a cada lado de su cuerpo, sobre la mesa. Todavía sin tocarla. Ese centímetro de distancia empezó a ser insoportable. Ella separó ligeramente las piernas. —¿Y vos sabés? —No. La respuesta le arrancó una risa baja. Entonces tomó una de sus manos y la llevó hasta su muslo. Primero sobre la rodilla. Después un poco más arriba. Muy despacio. —Aprendé. La piel estaba tibia. Él avanzó con los dedos por la cara interna de su pierna, disfrutando de cómo ella dejaba de sonreír para respirar un poco más profundo. Cuando llegó al borde de la remera, se detuvo. Ella lo miró. —Ahora no te hagas el educado. La atrajo hacia él. El primer beso tuvo gusto a vino. El segundo ya no tuvo paciencia. Ella le rodeó la cintura con las piernas y lo acercó hasta que entre los dos dejó de entrar incluso el aire. Sus manos bajaron por su espalda mientras él descubría con la boca su cuello, su hombro, el espacio donde la tela negra todavía escondía demasiado. La copa quedó olvidada. A punto de caer. Como ellos. Ella le susurró algo al oído que hizo que él sonriera. —Eso no estaba en las reglas. —Esta noche no hay reglas. Y cuando la copa finalmente se volcó sobre la mesa, ninguno de los dos hizo el menor intento por salvar el vino.

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