Pasó tiempo.

Tiempo suficiente como para que algunas cosas cambiaran de lugar y otras, curiosamente, siguieran exactamente donde estaban. Uno cree que deja atrás ciertos suburbios, ciertas mesas, ciertas conversaciones. Después descubre que no. Que quedan restos. Una frase escuchada al pasar. Una calle conocida. El olor de una casa. Una camisa recién lavada. Una ausencia. Una mujer. Un hijo que creció mientras uno estaba ocupado intentando entender otras cosas. Un domingo cualquiera mirando el río. Durante mucho tiempo pensé que para escribir había que tener algo importante para decir. Ahora sospecho lo contrario. Quizás alcanza con mirar un poco mejor. A esta altura de la vida ya no me interesa demasiado escribir conclusiones. Me interesan más las preguntas. Las contradicciones. Las pequeñas escenas que uno se lleva puestas sin darse cuenta. También aprendí que casi nada se rompe de una sola vez. Y que algunas cosas tampoco se reconstruyen de una sola vez. Se reconstruyen en gestos mínimos. En una conversación que esta vez no termina a los gritos. En aprender a callarse cuando antes uno hubiera discutido. En volver a sentarse a una mesa. En preguntar cómo estuvo tu día y escuchar realmente la respuesta. Tal vez este blog vuelva a ser eso. Un lugar para dejar algunas cosas sobre la mesa. Sin demasiado orden. Restos de suburbios. Restos de personas. Restos de quien fui. Y también, espero, algo de quien estoy aprendiendo a ser

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