Trastos

La tapa del baúl cedió con un quejido seco, como si hubiera esperado décadas para volver a abrirse. El aire encerrado escapó lentamente, impregnando la habitación con un olor a madera antigua, papeles amarillentos y telas que habían aprendido a guardar silencio. La luz de la tarde se filtraba por la ventana y caía sobre el polvo suspendido, que parecía flotar con la calma de un tiempo detenido. Dentro había un reloj de bolsillo de plata, detenido quién sabe en qué hora, una medalla gastada por los años, un pañuelo bordado con iniciales casi borradas y un pequeño manojo de cartas atadas con una cinta azul ya descolorida. Debajo de todo, una fotografía en blanco y negro mostraba a un joven de uniforme junto a un tren, con una valija a sus pies y la mirada perdida en un horizonte que ya no existía. Sentí un extraño asombro. No era solo curiosidad. Era la sensación de estar entrando en una vida que creía conocer y que, de pronto, se volvía ajena e inmensa. Tomé la primera carta con cuidado. El papel era frágil y la tinta se había desvanecido en algunos renglones. Estaba dirigida a mi bisabuela, escrita pocos días antes de partir hacia la guerra. Entre las líneas no había heroísmo ni grandes discursos. Solo el miedo de un hombre joven, la esperanza de volver y la promesa de reencontrarse con quienes amaba. Más abajo apareció otra carta. Esta nunca había sido enviada. Estaba dirigida a un amigo. En ella hablaba de culpa, del frío, de noches interminables y del peso de sobrevivir mientras otros no lo habían logrado. Seguí buscando. En el fondo encontré un último sobre, mucho más pequeño que los demás. No tenía estampilla ni dirección. Solamente un nombre escrito a mano. Lo abrí. Adentro había unas pocas líneas. Eran una despedida. Mi bisabuelo le escribía a una mujer antes de partir. Le pedía perdón por no haber tenido el valor de despedirse personalmente. Le decía que probablemente nunca volverían a verse y que, aunque la vida los llevara por caminos diferentes, jamás olvidaría aquella tarde junto al río. No era el nombre de mi bisabuela. Volví a leerlo. Después miré la fotografía del joven junto al tren. Por primera vez ya no vi a mi bisabuelo. Vi a un hombre. Un hombre que había tenido miedo, que había amado, que había perdido amigos y que había guardado durante toda su vida una despedida que nadie debía encontrar. El reloj seguía inmóvil entre mis manos, pero comprendí que el tiempo nunca se había detenido. Había permanecido escondido dentro de ese baúl, esperando a que alguien lo escuchara. Cerré la caja con la misma lentitud con la que la había abierto. El cuarto seguía siendo el mismo. Yo, no.

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