El desconocido

El hombre se sentó a mi lado porque era el único lugar libre en la barra. Pidió un whisky. Yo ya llevaba dos. —Día largo —dijo. No supe si me hablaba a mí o al vaso. —Año largo —contesté. Se rio apenas. Tendría unos sesenta. Camisa celeste, mangas arremangadas y un reloj viejo que miraba demasiado seguido. Pensé que esperaba a alguien. Después pensé que todos esperamos a alguien, incluso cuando sabemos que no va a venir. —¿Y? —preguntó. —¿Y qué? —El año. ¿Fue malo? Hice girar el hielo con el dedo. Una costumbre horrible que tengo cuando estoy nervioso. El mozo me vio y dejó una servilleta limpia frente a mí. —Mi hermano murió hace veinte años. El hombre levantó apenas las cejas. —Lo siento. —No. No lo sientas. Ni siquiera lo conociste. Sonrió incómodo y volvió a mirar su vaso. Ahí debería haberme callado. Hay momentos en los que uno todavía puede volver atrás. Ese era uno. —Todo el mundo cree que murió manejando. Ahora sí me miró. —¿Y no? —Murió en un accidente. Eso es cierto. El hombre tomó un sorbo. —Manejaba yo. El bar siguió funcionando como si nada. Alguien se rio detrás nuestro. Una pareja discutía en una mesa. La máquina de café largó un bufido de vapor. Siempre me resultó extraño que el mundo no se detenga cuando uno dice algo que llevó veinte años sin poder decir. —¿Estabas borracho? —No. —¿Ibas rápido? —Sí. —¿Mucho? Miré el vaso. —Mucho. Me terminé el whisky. —Cuando llegó la policía, yo estaba afuera del auto. Mi hermano había quedado adentro, del lado del conductor. Mi viejo llegó antes de que se lo llevaran. Me abrazó. Yo tenía sangre en la camisa. Sangre de mi hermano. Me acuerdo de eso porque después nunca pude volver a usar una camisa blanca. El hombre no dijo nada. —Mi viejo me miró y me dijo: “No fue culpa tuya”. —¿Y vos qué le dijiste? —Gracias. Esa palabra quedó entre nosotros. Gracias. Veinte años escondidos adentro de una palabra tan pequeña. —Después llegó mi vieja. Mis tíos. Los amigos. Todos me dijeron lo mismo: que no había sido mi culpa. Y yo les agradecí a todos. —¿Nunca dijiste la verdad? Negué con la cabeza. —Mi mamá murió creyendo que su hijo muerto había provocado el accidente. Mi viejo todavía lo cree. El desconocido terminó su whisky y levantó una mano para pedir la cuenta. —¿Por qué me contás esto a mí? Lo pensé. —Porque mañana voy a decírselo a mi viejo. —Entonces no necesitabas contármelo. —Sí. Necesitaba escuchar cómo sonaba afuera de mi cabeza. Dejó unos billetes sobre la barra y se puso el saco. —¿Y cómo suena? Miré mi vaso vacío. —A veinte años de cobardía. El hombre acomodó la silla y caminó hacia la puerta. Antes de que saliera lo llamé. —Disculpame. ¿Cómo te llamás? Se dio vuelta. —¿Para qué? Y se fue. Le pedí otro whisky al mozo. Lo dejó frente a mí. Me quedé mirándolo un rato. El hielo empezó a derretirse lentamente y por primera vez en muchos años no tuve apuro. Levanté la mano. —Perdón. El mozo volvió. Empujé el vaso hacia él. —Mejor un café. Saqué el teléfono del bolsillo y busqué el nombre de mi viejo. Mañana quería llegar sobrio

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